sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica


Ex cronista del régimen cubano afirma que Fidel Castro tuvo neumonía y decidió no tratarse.

Norberto Fuentes fue el primero en 2006 que dijo que el líder de la revolución había tenido diverticulitis.

"Neumonía. Diez días sin tratamiento. Él no quiso tratarse." Ese fue el mensaje que publicó este viernes a las 12.36 Norberto Fuentes en su blog, ex cronista oficial del régimen cubano y ex biógrafo de Fidel. En el texto no se entregan mayores antecedentes. De hecho, el mensaje está antecedido por el título: "Sujeto a conformación" (sic).

Noberto Fuentes fue el primero en 2006 que dijo que el líder de la revolución cubana había tenido diverticulitis, una enfermedad que Castro mantuvo en secreto hasta que se vio obligado a dejarle todos sus cargos a su hermano, Raúl Castro. Diez años después de eso, Fidel Castro falleció la madrugada del sábado pasado a los 90 años.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Sujeto a confirmación

Neumonía. Diez días sin tratamiento. Él no quiso tratarse.

sábado, 26 de noviembre de 2016

viernes, 4 de noviembre de 2016

Vicente Dopico


El siguiente texto lo escribí el 17 de diciembre de 1995, con el propósito inicial —si mal no recuerdo— de incluirlo en el catálogo de una exposición de Vicente Dopico. Ahora no puedo precisar si llegó a imprimirse, pero de cualquier manera no encuentro nada semejante en mi archivo. La apertura la semana pasada en el Kendall Art Center (Miami Dade) de una nueva exposición de Vicente es la oportunidad para el rescate. Expone junto a otro pintor, Silvio Gaytón. El evento se llama “Cosmogonies” y la curadora es Raisa Clavijo. Mi texto, por su parte, lleva en el original el título de “Viejos cuarteles de invierno”. Este.

El hombre llamado Vicente Dopico —inequívoco nombre de pintor y bronco primer apellido de ganster habanero de los años 40— que ha añadido un distinguido Lerner al final de su firma, vio matar su primer hombre a los 15 años en medio del fragor y las turbamultas del triunfo de la revolución de Fidel Castro. Estaban acorralados por los tres tripulantes de un patrullero del Servicio de Inteligencia Militar, unos auténticos esbirros, policías remanentes de un gobierno acabado de colapsar y aún servidores de algo que evidentemente era una abstracción a medio camino entre el poder y la derrota en aquella mañana del 1 de enero de 1959 en que para muchos era aún incierta la noticia de la huida de Fulgencio Batista, cuando en un gesto instintivo, uno de los compañeros de Vicente Dopico apretó el gatillo de una de las dos Thompson de las tres que le habían quedado al Movimiento 26 de Julio en La Habana y lanzó al medio de la calle al infeliz que hasta un segundo atrás había sido aquella impetuosa criatura con su camisa kaki de sargento abierta hasta la mitad del pecho. De seguro que ese fue el instante en que para Vicente Dopico pasó algo mucho más definitorio que el fin de la inocencia. Ese día Vicente Dopico, mi hermano El Dopi, comprendió que no tenía regreso.

Hemos hablado muchas veces sobre esa ráfaga y su muerto acompañante porque juntos hemos querido entender si la nostalgia del invierno la tiene cogida con nosotros, con él y conmigo en particular, porque por qué esa garra del tiempo, y en principio aceptamos la explicación de que entonces llegamos al fin del mundo y de nuestra edad y de una época en Cuba, cada uno de nosotros dos por nuestro lado, él y la última célula del 26 como objetivos de una tardía emboscada en San Miguel del Padrón y yo en el tibio hogar pequeñoburgués de papa mafioso y mama maestra normalista sin entender todavía que sería el cronista de esa eterna guerra civil que comenzaba sus desafueros allá afuera. Son los recuerdos y es el invierno y las brumas. Y es en esa oscuridad donde lo tenemos, donde siempre está por emerger, y es la única explicación que doy a la pintura de Vicente, la única forma en que puedo entender, descifrar, las tinieblas producidas por un artista que plantó sus cuarteles entre las dos ciudades del sol —La Habana y Miami. Las violentas pastas rojas sobre negro, la sangre, desde luego, es mucho más explicable en toda esta historia generacional signada por la crueldad y atormentada por los pelotones de fusilamiento. Tan explicables para mí como el escrutinio de esos redondos ojones fuera de órbita y las enormes narices, la visión de rastreo y el olfato de una existencia personal que no conoce el reposo, siempre en alerta, lista para armarse y porque además Dopi es un cazador y es un gran pescador —que es el vínculo con uno de nuestros héroes arquetípicos, el del viejo escritor de San Francisco de Paula, al que ha terminado por parecérsele para mi complacencia y para su orgullo con su barba rubia ajustada sobre las gruesas mejillas y sus espejuelitos redondos de intelectual de izquierda y su pecho de torete.

Advierto que somos de la misma generación pero que nos las hemos arreglado habitualmente para estar en bandos contrarios. En el caso de Dopico, parece que no entiende otro estímulo, otra fuente de energía, que no sea la rebeldía. Apenas termina la lucha contra la dictadura de Batista y siendo uno de los pocos supervivientes del vapuleado Movimiento 26 de Julio en La Habana, se suma a un grupo contrarrevolucionario que se propone derrocar a Fidel Castro. Lo capturan en los preparativos de un alzamiento en los montes de Pinar del Río y lo llevan a fusilar a la fortaleza de La Cabaña. Si se salva de los rigores de la ejecución es gracias a un lejano parentesco chileno y al hecho de que la Embajada de Chile en La Habana aún no ha sido clausurada. Entonces llega la hora del Miami combativo y la oportunidad para la CIA de disponer entre sus grupos de infiltración con las habilidades marineras adquiridas por este pichón de artista en una sola lectura de El viejo y el mar. Una veintena de riesgosas misiones en las playas cubanas armado con nada más y nada menos que una pavorosa cámara fotográfica que debe utilizar para retratar los mismos centrales azucareros costeros de antigua propiedad americana y las mismas vieja grúas flotantes desechadas desde principios de siglo por las facilidades portuarias del Mississippi le enseñan que sólo ha ganado dos cosas: menos de mil dólares sin derecho a retiro y una veintena de oportunidades de perder el pellejo, que es cuando comprende que está participando de una farsa y que es el momento de intentar algo que parece imposible: buscar un diálogo con Fidel Castro, que es apenas un poco después cuando se convierte ante los ojos de las autoridades revolucionarias de la isla en la bestia negra de los "muchachos de Miami". Ha vuelto a ocurrir exactamente lo previsible: Dopico comienza a cuestionar la política de La Habana en relación con el exilio. Ahora espero con entusiasmo por sus próximas batallas.

Pero todavía no lo ha comprendido todo, todavía ese rebelde está atrapado entre las tinieblas y la sangre. Pero a lo mejor es lo ideal, lo mejor que le pueda ocurrir, estar ahí, en los abismos, en los quásares de su universo, y traduciéndonos desde el fondo de esas trampas, sus visiones, y como raptos de luminosa belleza y sensualidad y calmados por el recuerdo, seguramente inevitable para él, las mujeres de espaldas blancas fosforescentes que yo acepto que las deje con los rostros escondidos tras las máscaras. No obstante, algo está cambiando, y no solo es el apellido alargado hasta Lerner y es algo más que la coquetería de una cadenita de oro que ha añadido a su atuendo de artista en jeans y lo miro a él y miro el lienzo que está a la izquierda y otro que tiene enfrente y le digo, "Coño, Dopi, esto viene bueno", y entonces no sé por qué pienso en los destinos y comprendo algo y les puedo decir de lo único que hablamos en los últimos tiempos, del tiempo, que está al acabarse y que la conclusión del acto —este del Dopi y mío— es siempre la misma, lo único que necesita el artista es tiempo.

sábado, 29 de octubre de 2016

High Noon


 BORRADO DE LA HISTORIA
La sensacional victoria diplomática obtenida por Alcibiades Hidalgo es hoy parte del cada vez más grueso legado de historia y protagonistas censurados por el gobierno cubano. Pero este momento de tensión (que él, con cierta benevolencia llama ahora “a la expectativa") tiene un valor simbólico y diríase que hasta heroico. Es el 24 de noviembre de 1992. A las 12.00 M. En el salón Plenario de las Naciones Unidas. Una solitaria criatura enfrenta la batalla de su vida.

Una crónica de Alcibiades Hidalgo

Estados Unidos acaba de condenarse a sí mismo en Naciones Unidas. Optó por la pirueta de abstenerse ante un tema que lo reprueba, el más públicamente incómodo para su diplomacia en los últimos veinticinco años. La resolución que carga el largo título “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos contra Cuba” fue aprobada en la Asamblea General por 191 votos a favor, ninguno en contra y las abstenciones de Washington e Israel.

El tema fue llevado a votación y aprobado por primera vez en 1992 en ese mismo foro, bajo mi desempeño como Embajador de Cuba ante la ONU. Fue entonces una sorprendente victoria diplomática. Por primera vez tras desaparecer la Unión Soviética adversarios y aliados de Estados Unidos lo mencionaban por su nombre de esa manera en un foro internacional. El New York Times publicó en primera página el resultado como si se tratara de un apabullante partido de baloncesto: Cuba 59; USA 3.

La noticia recorrió el mundo, fue aplaudida en la atiborrada sala y vitoreada en Cuba. Fidel Castro ignoró aquel gol de oro de la diplomacia de la isla y más bien concluyó que ya era hora de prescindir de mis servicios. Y así lo hizo poco después.

La Habana estaba más ocupada en aplacar las expectativas internas ante la resolución. El canciller Ricardo Alarcón, a quien yo había sustituido en Nueva York, fue encargado de aclarar a toda prisa que Estados Unidos no estaba obligado a acatar el criterio mayoritario de la ONU. Para Washington el tema tenía un origen estrictamente bilateral. Y así continuó siendo hasta la votación de este año.

Había sido precisamente la reciente aprobación de la Ley Torricelli, que intentaba sanciones a terceros países que comerciaran con Cuba, la que impulsó en 1992 aquella inédita rebelión en la ONU.

Con ese as en la manga presenté el caso ante el plenario. En el tenso debate que precedió al voto, el embajador de Australia, Richard Butler, se encargó de resaltar con sorna el abismo, que según sus palabras, existía entre el beligerante título y el breve y desapasionado contenido de la resolución. Los países occidentales que la respaldaron votaban por la amenaza implícita a la libertad de comercio.

Además de la meticulosa redacción que permitió el apoyo occidental al texto, su aprobación fue el resultado de un intenso lobby tercermundista y la oportuna inscripción a última hora del tema, al que entonces Estados Unidos prestaba poca atención. Entre otras sutilezas, pasó inadvertido que el bloqueo condenado en el texto oficial en español se convirtiera en embargo en la versión inglesa.

Tras sortear obstáculos inesperados, como el interminable discurso del embajador iraquí Nizar Hamdoon, que dedicó su turno a reclamar, ante todo, el fin del embargo a Saddam Hussein —provocando la posible postergación de la votación que hubiera permitido a Estados Unidos retorcer algunos brazos—, llegó el final del debate y el momento de solicitar la votación. Esa facultad del país promotor, había sido declinada por Alarcón el año anterior ante el temor de una derrota. Esta vez, a su paso por Nueva York semanas antes, el canciller dejó sobre mis hombros la responsabilidad de decidir “sobre el terreno” y llamar al voto. Además del resultado favorable de 59 contra 3, se contaron 71 abstenciones y 46 ausencias de la sala, entre ellas la de nuestros cercanos aliados de Angola, una clara muestra del pavor que inspiraba tomar partido.

En un cuarto de siglo mucho cambió. Cada año fueron más los países que pidieron el fin de las sinuosas sanciones y creció la inevitable polémica sobre su utilidad, hasta llegar a esta casi unanimidad. Alexander Watson, el embajador de Estados Unidos que respondió a mi discurso de 1992, es hoy un activo partidario del fin del embargo, al igual que el presidente Barack Obama. Miguel Álvarez, el ex asesor de Alarcón que aportaba los datos al discurso, cumple en Cuba 30 años de prisión por supuesto espionaje y para la historia oficial el debate de 1992 nunca ocurrió. Fue expurgado, junto con mi nombre, de todas las referencias posibles. Como Trotsky de su foto junto a Lenin.

Publicada como “Al fin unánimes” en La Tercera de Santiago de Chile.

lunes, 17 de octubre de 2016

Jerry Lee en las vísperas


¿Ven esa expresión, digamos, angelical? Pues no se la crean. No le crean nada a acá, el compañero can. La foto la hizo Niurka, mi mujer, el día anterior a que esta criatura celebrara su primer cumpleaños —el pasado viernes 14 de octubre. Ese es el tiempo que él ha empleado en trozar siete controles remotos de televisor, masticar sin contemplaciones una docena de cidís (menos mal que ninguno de Elvis), dos libros de Scott Fitzgerald, la cubierta de una edición especial de Moby Dick y las portadas de las tres ediciones de la libertad de la revista Bohemia, desenrollar hasta el tubito de cartón (que luego es macerado) incontables rollos de papel higiénico, tres pares de sandalias de Niurka, dos pulóveres míos de dormir, un cartucho doble de tinta del printer (no se envenenó), un pomo extragrande de PepCid (todos las pastillas a salvo en el piso; él de lo que se encargó fue del pomo. Sonaba crack crack crosh chup), y, sin que lo olvide, todos los bordes de la alfombra que cubre la escalera y que vale una fortuna cada vez que el guatemalteco viene a a repararla. En fin, qué contarles. Dicen los manuales que los cocker son perros de trabajo, y que si no les das trabajo, ellos mismos se los agencian. Se convierten en self-employers, como dicen los textos especializados de los gringos, tan graciosos ellos. Self-employers ni un carajo. Crack. Crack. Crosh. Chup Cracarapuchún. Chump. Chump. ¿Jerry Lee, coño, que te estás comiendo ahora? ¡¡Jerry Leeeee!!

jueves, 29 de septiembre de 2016